CONCILIAR lo POPULAR con lo CLÁSICO.

La verdad, no es fácil conciliar LO POPULAR con LO CLÁSICO, en cosas de Arte. Pero ya sabéis de mi inclinación por las CAUSAS DIFÍCILES, de cuyo Santo Patrón no recuerdo el nombre en este momento. Y no voy a “guglear” para remedar este imperdonable fallo de mi memoria. Me gusta escribir al tirón.

Aún así, me atrevo a colocar aquí este nuevo Artículo, que podría titular, por otra parte, como “PASEABA LLORANDO”.

Ahí va, y no lloréis mucho. Sobre todo, si está lloviendo y acabáis de salir de un café…

"PASEABA LLORANDO".

Escuchar la Canción en:

http://www.youtube.com/user/ramonedo#p/u/0/4hOyQPYk6dc

Yo provenía del mundillo de la Música Clásica, como casi todo bicho viviente sabe (o debería de saber). Desde mis 6 años de edad, estuve estudiando Música; Solfeo con mi mamá y más Solfeo y Violín con la insigne profesora Doña PAQUITA ALONSO, de los Alonso granadinos de toda la vida, tan vinculados al celebérrimo CENTRO ARTÍSTICO Y LITERARIO DE GRANADA. Y, además, en los Escolapios de Granada, ejercía de pueriantor del, digamos, Coro Clásico, que dirigía el extinto Maestro Hidalgo, a quien todos llamábamos, cariñosamente, “Voz de Oro”. O pudiera ser que este señor fuese don Luis Linares, el inefable organista. Me falla algo la memoria… En cualquier caso, le recuerdo con mucho afecto.
     Tenía mucho mérito, la labor del pobre “Voz de Oro”, pues apenas, de todos los componentes del Coro, yo era el único que, a la vez, estudiaba Música de la seria, y, por tanto, el único miembro que sabía leer sus particelas. Los demás coralistas tenían que aprenderse de memoria, estrofa a estrofa, verso a verso, las piezas clásicas (religiosas, naturalmente) que montábamos. Y, ¡pardiez, cómo sudaba el susodicho Maestro! ¡Nunca fuesen tan sudados Palestrina, ni Orlando di Lasso, ni Tomás Luis de Victoria!
     Una inoportuna enfermedad renal (litiasis, o cálculos renales, que aún sufro) me apartó por un año escolar completo del colegio de los Escolapios de Granada. Y, además, de mis clases con la profesora Alonso, tan paciente y cariñosa, como lo era, conmigo.
     Así, en todo ese curso escolar que debí permanecer en cama, y aún a pesar de que mis papás dispusieron en mi mesita de noche el único aparato de radio que había en casa, mi único contacto con la Música Clásica fue el de UNA hora diaria, UNA, del programa dedicado a la misma por Radio Granada, EAJ 16.
     El resto del tiempo, pues lo pasaba escuchando, generalmente, música ligera; las canciones de moda de aquellos tiempos de 1956 y de 1957. No resultaba, por otra parte, nada fácil el asunto de practicar con el violín sentado en la cama…
     De tal guisa, un día apareció mi papá con una armónica “SIN cambio”. Es decir: una armónica DIATÓNICA (sin sostenidos ni bemoles), que limitaba mucho la ejecución de “según qué piezas musicales”.
     Pasado el primer mes, ya había agotado yo casi todas las posibilidades de esa armónica, que le había llegado a mi papá -a su tienda- como regalo por haber hecho un determinado y especial pedido a cierta fábrica de Barcelona. (Varios años más tarde, nos llegaría, de la misma manera, el primer televisor que hubo en nuestro barrio -mi querido Barrio de Fígares, que, AUNQUE NO ES MÍO, en sentido estricto, sí que lo amo; pese a quien pese…-, que aún conservo en mi abarrotado dormitorio actual: un “MARCONI” de 1960).
     No eran tiempos en los que los niños pidiésemos “cosas especiales” a nuestros papás… Así que fue mi mamá la que cayó en la cuenta de que, con esa armónica, sólo podría tocar piezas musicales demasiado sencillas. Y como ella cayó en la cuenta de eso, pues enseguida me compró UNA REVERENDA ARMÓNICA “CON CAMBIO” o CROMÁTICA (es decir: con sostenidos y con bemoles; lo que equivale a las TECLAS NEGRAS DE UN PIANO, vamos).
     Jamás llegué a arrancar sonidos soportables por el ser humano a mi violín de tres cuartos (que no, de tres al cuarto). Pero, con la armónica, la cosa fue bien distinta.
     Cada tarde, mis amiguitos y amiguitas, vecinillos del barrio, al terminar sus clases del colegio, se dejaban caer por mi dormitorio para comprobar qué nueva canción había logrado aprender a tocar con la armónica. Aunque, a decir verdad, no estoy muy seguro de que vinieran a escucharme o, más bien, a degustar la apetitosa merienda que les proporcionaba mi mamá, sumamente agradecida para con ellos, y que solía consistir en majestuosas tostadas de pan embadurnadas de “crema tostada”, que creo que es lo que en Iberoamérica llaman “dulce de leche”.
     Como fuere, yo seguía esforzándome por complacer a mi nutrido auditorio. Tanto, que varios años más tarde, cualquier persona que me fuese pesentada por primera vez en mi vida, solía decirme: “¡Chiquillo: tú tienes labios de tocaor de armónica!“.
     Cuando resurgí de mis cenizas y me reincorporé a las clases, el Prefecto del colegio, ya, además de mantenerme en el Coro, “me metió” en la Rondalla, en donde mi hermano pequeño era el mejor de los laúdes. Y, como tal, debía ejercer un cierto control sobre los otros dos laudistas. Especialmente, por lo que se refería a M. Pons, cuyo instrumento -se decía- era “un laúd de carreras”, y, al menor descuido, el tío terminaba la pieza un minuto antes que el resto de la susodicha formación musical.
     De primeras, estuve varios años, en la Rondalla, como cantante medio solista. O tercio solista; porque, además de mí mismo, por ahí andaban un tal Cantarell (¡claro, con ese apellido!) y Pepe Serrano.
     El repertorio de la Rondalla no es que fuese exquisito, precisamente, aunque siempre montábamos algunas piezas “facilitadas” de lo que se entiende por Música Clásica.
     Así que, sin comerlo ni beberlo, me vi metido, casi de lleno, en eso que se dio en llamar “Música Popular” y “Música Moderna”. El propio padre Prefecto se encargaba de traernos -de contrabando, je, pues decía que el contrabando NO obligaba en conciencia- los “últimos gritos” en partituras editadas en Francia.
     Ya, en diciembre de 1961, me fue otorgada toda una Guitarra de la mejor calidad. Ni yo la compré, ni nadie me la regaló. El “cómo” llegué a poseer esa preciosa guitarra, es algo que desvelo en la enorme novela que llevo
escribiendo -desde hace muchos años- sobre “mi vida desde 1958 hasta octubre de 1965”. Y digo “enorme” porque, al día de hoy, llevo escritas unas DIEZ MIL páginas. Fotografías, aparte.
     Como fuere, ahí estaba yo, en diciembre de 1961, con mi flamante y exquisita guitarra, sin saber, en “lo” absoluto, sacarle el menor acorde. Lo que no tuvo importancia alguna, pues, enseguida, uno de mis hermanos me enseñó a “poner” los acordes básicos de LA MAYOR, de LA menor, de MI MAYOR, de MI menor, de RE MAYOR y de RE menor. Aunque, en este caso, ese hermano mío era el MAYOR.
Y, en el colegio, en apenas un mes, aprendí el resto de acordes. Al menos, los más usados comúnmente.
     De manera que, hacia mitad de enero de 1962, ya comencé a cantar, acompañándome de la guitarra, sencillas canciones, como “YO VENDO UNOS OJOS NEGROS”, “LAS MAÑANITAS”, “NOCHE DE RONDA”, etc…
     Aunque, a ratos perdidos, yo ya había comenzado a componer sobre el papel pautado mi presunta Primera Sinfonía (basada en un sencillo texto que previamente había escrito, y que versaba sobre el Corpus, los claveles rojos y el azahar), los planes ocultos del Prefecto, y de la otra mano invisible que llevase la susodicha guitarra a mis escasa persona, comenzaron a fructificar: YA NO SÓLO FUI tercio cantante de la Rondalla, sino que, además, me convertí en guitarrista de la misma.
     Por tanto, el asunto comenzó a ir por derroteros altamente insospechados para mí.
     De intentar componer una verdadera Sinfonía, a comenzar a escribir sencillas canciones populares, sólo hubo “un suspiro”. Y… la primera de esas canciones fue, precisamente, esta “PASEABA LLORANDO“, pues no en vano, en esos tiempos, andaba yo “colgao” de una linda muchachita a la que nunca llegué a cantarle esta cancioncilla. (Las personas que deseen conocer más detalles sobre esa rara historia de amor, que lean mi novela titulada “AQUELLOS OJOS GRISES“. No se arrepentirán, lo juro).
     Pero hay más; mucho más: antes de terminarse el curso escolar 1961-1962, en el que ningún equipo español llegase a ganar la Copa de Europa, fueron puestos los espartos, por esas manos -no tan invisibles- para que llegase a crearse el famosísimo (sólo en mi ciudad, Granada, España) “DÚO ELÉCTRICO“, que fue el conjunto músico-vocal que llegaría a montar esta “PASEABA LLORANDO“, andando el tiempo.
     Desconozco si el cura Pepe era un buen cura. Pero de lo que sí estoy bien seguro es de que conseguía lo que se proponía… Y lo que se había propuesto, conmigo, era que “yo formase dúo” con el supremo empollón que era el tal Pepe Serrano.
     -¡Anda, hijo! Que tú eres barítono, manejas la guitarra aceptablemente; y Pepe Serrano es tenor -llegó a decirme, el tal cura Prefecto-. Buscadle un nombre al dúo, y, para el próximo curso, quiero veros, ya, estrenándoos como formación musical hermana de la Rondalla.
     Y así resultó ser la cosa.
     Antes de terminar ese curso 1961-1962, el cura nos reunió a los 60 integrantes de mi propia clase con el fin de que eligiésemos un nombre para el incipiente dúo. Nos encerró en un aula y nos dijo que no saldríamos de la misma hasta tener decidido el nombre del dúo.
     El “encargado del curso” (ser encargado de curso equivalía, aproximadamente, a ser el capitán en un equipo de fútbol), el también supremo empollón ANTONIO FERNÁNDEZ LÓPEZ nos conminó a cumplir con lo que el Prefecto nos había ordenado.
     El asunto se desarrolló muy democráticamente, para los tiempos que corrían. El tal Fernández López hizo que cada muchacho escribiese una propuesta de nombre para el dúo. Cada uno, en papelito aparte.
     Entregados los 60 papelitos al insigne encargado de clase, éste, con toda su conocida parsimonia, fue escribiendo, uno por uno, en la pizarra, los sesenta nombres propuestos.
     A la vista de los mismos, tuvimos que votar, en secreto y en nuevos papelitos.
Los 60 nombres propuestos eran de lo más dispar. Algunos, escritos con muchas ganas de guasa (vulgo, “choteo”).
     Hecho el recuento de votos, salieron, empatados, los siguientes nombres: “El Dúo Olmos” y “El Dúo Eléctrico”.
     Lo de “Olmos”, más que probablemente, porque tanto Pepe Serrano, como yo, superábamos la estatura de 180 centímetros; cuando todo el mundo sabe que, en esa época, en nuestro país, eran muy pocos los muchachos que llegasen, siquiera, a alcanzar los 170 centímetros de altura. Así que sonaba a mucha guasa (vulgo, “mucho choteo”) eso de “El Dúo Olmos”, por lo que el Fernández López se puso, todavía, más serio (lo que ya era difícil, carajo).
     Así que nos pusimos igualmente serios y efectuamos la nueva votación para deshacer el engorroso empate.
     Salieron 59 votos a favor de “El Dúo Eléctrico”.
     Y, obviamente, 1 voto para “El Dúo Olmos”.
     Y, bueno: me sentí contento, por el hecho de haberme librado de eso de los “Olmos”…; pero aún, en mis noches de pesadilla, sueño con que le rompo la crisma al capullín que emitiese su voto final a favor del título de “El Dúo Olmos”…
     A mí no me sonaba del todo mal eso de “El Dúo Eléctrico”, porque lo asociaba a “electrizante”…; pero, con el tiempo, siempre habría quienes tratasen de chotearse de nosotros, diciéndonos que si es que éramos electricistas, o que si es que copiábamos del nombre parecido de otro famoso dúo de nivel nacional…
     Ni una cosa, ni la otra: como vengo diciendo, yo me encontré, sin comerlo ni beberlo, con una guitarra, con un dúo inventado “por otros” y con un nombre de dúo en cuya elección tuve una mínima incidencia.
     Dicho esto, me gustaría aclarar que el nombre que yo propuse inicialmente fue el de “EL DÚO DE LOS PEPINOS”. Por aquello de que a mí me gustaba más aquel famosísimo conjunto argentino llamado “LOS CINCO LATINOS”, cuyos componentes, TODOS, tenían estudios clásicos de la Música.
     Aunque he de confesar que, en la recámara, estuve barajando el de “EL DÚO MODUÑOS”, como homenaje al muy expresivo Domenico Modugno…; pero se nota que no teníamos edad

El DÚO ELÉCTRICO, en 1964, cantando "PASEABA LLORANDO".

 Tan sólo me queda aclarar que, finalmente, “EL DÚO ELÉCTRICO” llegamos a formarlo 5 muchachos. ¡No, hombre: los cinco, a la vez, no!

     Yo permanecí, fijo, hasta la extinción del mismo, grave suceso acontecido a finales de septiembre de 1965, cuando en Granada comenzaron a proliferar los llamados “conjuntos peseteros”; es decir: conjuntos musicales juveniles que tenían, ya, la “terrible” intención de ganar dinero con eso.
     No como nosotros, que siempre fuimos unos románticotes del tema, hasta la muerte natural del dúo.
     Tras Pepe Serrano, me acompañaron -en la susodicha y escasa formación musical-, por cursos escolares sucesivos, los siguientes muchachotes: Miguel Fernández (mi amigo y compañero del alma, de aquellos tiempos), Jesús Martínez Manzano (otro empollón de al quince); y, finalmente, mi hermano pequeño, el famosísimo Jolís.
     Esta versión de “PASEABA LLORANDO” la grabé años más tarde, en 1971, con uno de mis antiguos compañeros de dúo, que no era otro que ese mencionado y conocidísimo JOLÍS.
     Existe otra grabación anterior de “PASEABA LLORANDO” (en la que mi acompañante fue Miguel Fernández) y de otras canciones que compuse para el dúo. Estas grabaciones se llevaron a cabo en el único magnetofón que había en nuestro barrio, hacia 1965, y que pertenecía al periodista Juan José Porto.

FOTO OFICIAL del DÚO ELÉCTRICO de 1964. Esta fotografía era repartida por nuestro "repesentante-manager" (un cachondo, que sólo buscaba el contacto con las chicas...) entre la multitud de chicas que había entre el público. Y, sobre las copias de la foto, al final de cada actuación firmábamos nuestros generosos autógrafos. El récord de autógrafos -2.000, en una misma actuación- se produjo en el PALACIO DEL CINE de Granada, en 1964.

     Como apéndice, me gustaría dejar constancia de que el insospechado, para mí,  “DÚO ELÉCTRICO“, a la larga, resultó ser uno de los asuntos más gratificantes de toda mi vida. Con el dúo, actué en los mejores teatros y cines de la ciudad. No resultaba fácil cantar en cines como el Aliatar o como el Palacio del Cine porque no disponían de escenario; pero, en ésos, nos las apañábamos para canturrear, justo, situados delante de la pantalla -a pique de caernos al mismísimo patio de butacas de los mismos.

     Obviamente, el Teatro Isabel la Católica y el Teatro Regio fueron nuestros escenarios preferidos, así como los teatros-cines de los Escolapios, del Seminario y de casi todos los colegios femeninos de enseñanza secundaria que había esparcidos por la ciudad. Que no eran pocos. También nos llamaron para algunas especiales actuaciones en el bellísimo Carmen de Los Mártires, junto a las Hermanas Benítez, que venían de “triunfar” en una superproducción cinematográfica con Cantinflas. Y, por supuesto, en el Centro Artístico y Literario de Granada, en cuyo teatrico actuamos varias veces. Y hasta en la modernísima parrilla del Hotel Sudán…
     Digamos que “EL DÚO ELÉCTRICO“, durante aquellos preciosos años, estuvo metido de lleno “en la pomada” del “TODO GRANADA”. Y, siempre, sin ninguna aspiración crematística. Lo nuestro era puro romanticismo; y nuestras canciones, de tan románticas, llegaban a ser algo bastante más que lúgubres. Allá donde hubiese alegría, llegábamos nosotros y, al minuto, todo el mundo cavilando; si no, llorando a lágrima viva.
     El dúo, poco a poco se independizó de la Rondalla de los Escolapios. Prácticamente, en nuestro segundo año, ya caminábamos solos por esos escenarios granadinos.
     También éramos requeridos, con una insistencia atroz, para ir a echar serenatas a las cientos de novias de los muchos jovenzuelos de la ciudad.
     Llegamos a actuar junto a las “figuras” nacionales del momento: Gelu, Marisol, Rocío Dúrcal…; y, por supuesto, junto a Los Ángeles Azules, los Neska-Laris, The Songers (de Felipe Alcaraz), Los Jinetes, The Teen Agers, etc… Ninguno de estos grupos musicales (a excepción de Los Ángeles Azules, que se fueron a Madrid en plan “maletillas”, y que se convertirían en Los Ángeles, a secas) se planteó, jamás, eso de grabar “maquetas” y enviarlas a las discográficas de Madrid o de Barcelona. Y lo de irse de “maletillas”, como Los Ángeles Azules, requería de un sacrificio excepcionalmente grande, habida cuenta de que Madrid, entonces, estaba como a 12 horas en tren de carbonilla. Más o menos, todos los integrantes de estos conjuntos musicales tenían diseñados sus futuros universitarios o profesionales, desde años atrás, por sus correspondientes padres.
     Y, si no nos atrevíamos a pedirles -a nuestros padres- que nos comprasen una armónica, o un amplificador de guitarra eléctrica, a ver quién era “el guapo” de plantearles eso de “Papá: que me voy un  año a Madrid, a ver qué pasa con mi conjunto musical“. A mí, y a mis 5 sucesivos acompañantes, es que eso ni se nos pasó por la cabeza. Lo nuestro era, como vengo repitiendo, puro
romanticismo -¡ya no sé cómo voy a decirlo! ¡Ni que estuviese escribiendo en chino!-, cierto gusto por agradar a las chicas jóvenes de Granada y disfrutar canturreando en cualquier festival que se organizase DENTRO DE la ciudad. Y cierto gusto por disfrutar de las salidas nocturnas -tan escasas, entonces- de los sábados para regalar los tiernos (y los no tan tiernos) oídos de casi todas las féminas granadinas (y los de las cientos de estudiantes, chicas, que se albergaban en Colegios Mayores).
     Me dejaba en el tintero a Los Windys, con los que también coincidimos en la Neptuno y en el Palacio del Cine…, pero este grupo no era de nuestra generación, propiamente entendida como tal, ya que sus integrantes, todos, nos superaban en unos 7 años de edad.
     Resulta curioso comprobar cómo, muchos de aquellos jovenzuelos de la “Swinging Granada“, con el tiempo, llegarían a ser profesores de Conservatorios de Música, inspectores musicales de rango nacional, farmacéuticos, médicos muy acreditados, arquitectos, directivos de grandes entidades financieras -lo que no considero, personalmente, como una especial exquisitez-, etc… Entre ellos, casi la totalidad de mis antiguos compañeros de dúo, sin que nadie se escandalice, ahora, porque hace más de 45 años pertenecieron al “Dúo Eléctrico”…
     Lo que me lleva a reafirmarme en que en aquella etapa, casi hasta final de 1965, todos nosotros estábamos tomándonos las cosas de la musica ligera como un bonito y apasionante pasatiempo; nunca, como algo en lo que habríamos de quedarnos instalados para siempre.
     Pronto, incluso yo volvería a “mi raíces clásicas”.

Aquí, estoy antes de regresar a "mis raíces clásicas".

     Visto todo esto, desde la segunda década del Siglo XXI, alguien podría pensar, MALICIOSAMENTE, que “¡Vaya, con este payo, que ahora se dice compositor sinfónico!”. Bueno: si existe ese alguien, pues que piense lo que quiera. Ahí están mis Obras “serias” de décadas posteriores a la de los felices sesenta.

Y, aquí, MUCHOS años después de mi vuelta a "mis raíces clásicas".

     Mi catálogo asciende al número 200 (o más) de “Opus”. Y si no he escrito más Obras de corte sinfónico, eso se debe a que en ésta, mi querida ciudad (de la que no me siento propietario, aunque bien que la amo…), no he contado con los mínimos apoyos ESTABLES -aunque hubieran sido mínimos, como digo-, que LA OBRA de un compositor sinfónico necesita. Quizás, García Lorca estuviese muy acertado en aquel pensamiento suyo sobre… esta ciudad (cuyas capas dirigentes ahora dicen quererle tanto, ¡jopé!).

     Y no es excusa que esa falta de apoyo ESTABLE a la creatividad musical sinfónica NO EXISTA, PRÁCTICAMENTE, en el resto del país.
     (No estaría de más que, de una vez por todas, el Estado instaurase una cuota del 10 ó del 15 % de Obras Sinfónicas de Estreno de compositores vivos españoles aunque yo me quedase fuera de esoen todos los Conciertos que se celebren dentro del país. Después, la Historia se encargaría de cribar… Y no que la criba se siga haciendo PREVIAMENTE “desde arriba” por, en algunos casos, gente que resulta ser “juez y parte”).
     Por desgracia, la Música Sinfónica necesita de “muchos terceros” que cobran exageradas cantidades de dinero para interpretar en público las Obras de nueva creación. No obstante, quizás, antes de que yo me disuelva en el éter, alguna de esas privilegiadas mentes dirigentes llegue a recapacitar y enmiende -siquiera sea en parte- el terrorífico apartheid al que se nos somete casi de manera sistemática; simplemente, porque bastantes compositores no han (o no hemos) pertenecido, nunca, a ninguna formación política, ni a cosa similar. A ver cuándo se dan cuenta de que la creatividad artística no debe estar sometida a los poderes fácticos, para no perder, así, su esencia verdadera.
     Afortunadamente, yo, y otros como yo, sí que gozamos de un buen reconocimiento fuera de este pequeño “roal”. De mero y puritito “penalty”, claro.          
 
La verdad, no habría sido necesario someternos a tantas inútiles privaciones
 
     Y, tras estas AFORTUNADAS reflexiones finales que acabo de apuntar, como corolarios incontestables por las gentes de bien, regreso al tema que hoy me ocupa y concluyo exclamando: ¡larga vida a mi querido “DÚO ELÉCTRICO“!, con el que viví, quizás, la época más gratificante de toda mi vida.
 
©  Copyright de este Texto by Antonio Gualda Jiménez, Abril de 2011.

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Acerca de peatonazo

Soy un peatonazo, de los de toda la vida.
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4 respuestas a CONCILIAR lo POPULAR con lo CLÁSICO.

  1. jcelmi dijo:

    Alguna vez lei o escuché decir que “todo es un negocio” y entonces pensé si el amor también lo era… Quizá también el arte lo es…; necesita de publicidad para vivir… Pero la esencia de su creación definitivamente no lo es.

    Recuerdo una canción “Aún sigo cantando” de Los Enanitos… 🙂 ¡¡¡No te rías!!! Ya sé que no es música sinfónica, pero… me encanta la letra de la canción, y creo que nos da una lección, mal que bien, dice:
    … pero aún yo sigo cantando y lo voy a seguir haciendo, una lección me dio la vida, tenés que hacer lo que el corazón diga…
    Espero que el tiempo ahora no borre a esta gente que tanto amo, porque sin ellos no valgo nada; su alma es mi alimento…
    “.

    Jéssica Celmi. LIMA. Perú.

    • Yo no estoy tan seguro de que el Arte (el de “con mayúsculas”) necesite de publicidad para vivir…; al menos, no siempre…
      Es cierto que casi todos los que intentamos hacerlo deseemos que se conozca. Pero creo que existen razonables excepciones.
      Éste era uno de los temas que quería haber abordado cuando publiqué la introducción sobre las “pequeñas discusiones sobre el Arte” -que no he podido trabajar, por ahora.

      A veces, los artistas se guardan para sí mismos algunos de sus mejores trabajos artísticos. O, simplemente, no los materializan y se quedan en su intelecto.
      Sobre esto, ya, hace tiempo, Camón Aznar publicó unos sesudos estudios. A ese tipo de Arte, él lo llamó “Arte endógeno”.

      Antonio Gualda.
      Desde el Córner Sudoeste de Granada (a pique de caerme en la vega).

      ***

  2. DIANA FRANCO dijo:

    Los compositores sinfónicos tienen la sensibilidad de poder expresar a través de la música sus sentimientos de una manera bella y armónica, que permite a los que los escuchamos deleitarnos con sus Obras creadoras.
    Un reconocimiento justo a la labor de los compositores, por ésta, su loable aportación Cultural -de todos los compositores sinfónicos vivos-, sería que la demanda que justamente reclamas sea apoyada por los dirigentes internacionales.
    He escuchado varias de tus Obras Sinfónicas, que merecen ser interpretadas no sólo una o dos veces.
    Los compositores sinfónicos vivos merecen más respeto por parte de los que promueven la Cultura. Y ese respeto podría hacerse patente al hacer posible que sus Obras se interpretasen en conciertos no una vez o dos veces, sino cuantas más, mejor, en las infraestructuras ya creadas y en funcionamiento.

    Con mi admiración y respeto.

    Diana Franco.
    México.

    • Diana:

      Desgraciadamente, soy bastante excéptico respecto a esa cuestión.

      Esa sana reivindicación (más sana, aún, si les digo claramente a los dirigentes políticos y culturales que “aunque yo me quedase fuera de eso”) vengo planteándola desde hace muchos años, sin ningún resultado favorable para la CREATIVIDAD MUSICAL SINFÓNICA ESPAÑOLA.
      Especialmente, en la década de los 90 del Siglo XX, me “pateé” un montón de veces “los Madriles” (= MADRID), concretamente, el Ministerio de Cultura, y, a veces, el de Educación.
      De esa época, casi no me quedó Ministro (o Ministra, porque hubo 2 Ministras de Cultura, en esos tiempos, de distintos partidos) por visitar y rogarles encarecidamente QUE SALVASEN LA CREATIVIDAD MUSICAL SINFÓNICA ESPAÑOLA.

      No sólo fueron visitas, sino reiterados escritos -sellados debidamente-.
      Pero…, tras muchas “palabritas buenas” por parte de ellos/as, seguimos en donde estábamos en la época cavernícola. O AÚN ESTAMOS PEOR…

      En esa década, había en España unos 300 Compositores Sinfónicos con acreditada trayectoria artística. Supongo que, a estas alturas, ya habrán fenecido muchos de ellos; yo mismo estoy a punto de “entregar la cuchara”.

      El legado Musical Sinfónico que esa pléyade de 300 compositores estamos dejando a nuestros descendientes (no me refiero a los descendientes familiares, exclusivamente, sino al conjunto de la sociedad española) va a ser “muy pobre”, en comparación con lo que podría haber sido si, SIMPLEMENTE, el Estado hubiese implantado una “cuota de concierto”
      parecida a la que en el mundillo del cine establecieron, y que llamaron “cuota de pantalla”, o cosa parecida.

      Esto es lo que tenemos, y, quizás, lo que nos merecemos, en este país que se autoclasifica como “primer-mundista”.

      Mmmhhh…

      Gracias, de cualquier modo, por tus buenos deseos.

      Antonio Gualda.
      Desde el Córner Sudoeste de Granada y con media pata en Melegís.

      ***

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