RESPUESTA a MARÍA VICTORIA PALOS, la andaluza de Argentina.

Hola, María Victoria, mi “vieja” amiga malagueña y argentina:

Ya se me enredaron las aspas, je. Aunque no sé si me queda algo en el molino…

“A la distancia”, como decís por allí, me alegro mucho de que esto te parezca bueno.

Te envío muchos “cariños granaínos”, aunque tú segas siendo una recalcitrante “boquerona” (lo que, en verdad, te honra).

Peatonazo dil Iter Rondis (o El Conciliador Frustrado).

María Victoria Palos – (Argentina) dice:

¡ Qué bueno esto, Antonio…! Y sí…. los espíritus conciliadores, sienten que, en la primera de andas, se enredan en las aspas de su propio molino…. Un abrazo, granaíno amigo.
Mª Victoria
(de Argentina)

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RESPUESTA a HÉCTOR CORREA MACIEL, joven pintor acapulqueño.

Héctor (y la prieta Isa Valdeolivar):

Aún siento una gran pena por no haber podido acompañarte todo el tiempo durante tus cuatro días de estancia en esta ciudad; pero, al menos, nos quedará el recuerdo de aquellas cañas y de aquella paella que disfruté en tu compañía, a pesar de mi pertinaz “dolor de piedra”.

Y, como dices, en la esperanza de que eso se repita, ya, sin molestias renales…

Besa a la prieta de Acapulco, de mi parte. Y, para ti, un gran abrazo.

Tu pintura llora junto a mi con largos lagrimones…

Peatonazo dil Iter Rondis (o El Conciliador Frustrado).

hector correa massiel dice:

hola mi querido amigo, peatonazo, jeje! me gusta, estaremos al pendiente de lo que ocurra aqui, espero el proximo año verte de nuevo por aquellos lares y celebrar con unas ricas cañitas y tapas de aquel lugar donde las hacen buenas jeje! saludos amigo y cuidate de esas piedras.
saludos desde acapulco, igual de la prieta Valdeolivar.
c.massiel.

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RESPUESTA a DIANA FRANCO, tesonera Artista Plástica.

Querida Diana:

Tu Comentario me conmueve; no porque yo desconociera lo que piensas de este Conciliador Frustrado, sino porque, una vez más, vuelves a expresármelo de manera fechaciente.

Quisiera que el asunto fuera como dices…, pero me temo que mis seculares y vanos esfuerzos sólo cayeron sobre una porción de gente que ya estabais conciliados con vosotros mismos y con el resto del mundo…

Y, como también conoces, sobradamente, sigo recibiendo los adecuados e insaciables bofetones, que provienen de las muchas partes entre las que impenitentemente sigo metiéndome, je.

Allá donde a alguien se le escapa un guantazo, allá se encuentra con mi endurecido rostro (que no, cara dura; eso es otra cosa).

¡Qué manía, la de los que siempre intentan matar al mensajero!

Te envío lo de los Almendrucos.

Peatonazo dil Iter Rondis (o El Conciliador Frustrado).

Diana Franco dice:

Antonito, pues realmente eres un ser conciliador en una época en la que serlo supone un gran reto, pero tú a través del Arte has logrado que muchos Artistas de todo el Mundo nos unamos en una sola voz de gritar al mundo a través de las imágenes las grandes maravillas que aún hay a lo ancho y largo de nuestro planeta y que la Humanidad ha dejado de percibir por el ritmo acelerado de un mundo materialista, en las cuales reina el desinterés entre los seres humanos y el mundo extraordinario que nos rodea.

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RESPUESTA a WOÑO, sesudo escritor de puertas adentro.

Sesudo y sentido es tu Comentario, querido Woño.

Eres uno de esos artistas que practican aquello del Arte Endógeno, según estableció, tiempo ha, Camón Aznar, si mal no recuerdo. De los que se expresan, en la mayor parte de las ocasiones, sólo de puertas adentro, como para querer reordenarte la mente.

Pero yo soy de los que esperan que, alguna vez, saques más a la luz tus escritos; y otras cosas, que también dominas…

Aún no caté ese habano “cancunero”.

¿Las llaves? Quizás, si preguntases al Petoso…

Peatonazo dil Iter Rondis (o El Conciliador Frustrado).

Woño dice:

Me ha encantado leer el artículo. Y que además el autor lo haya escrito desde la perspectiva de proclamar un estado de felicidad temporal como lo que debe ser, un triunfo.

Hace poco leí que:
“El Presente es fabricar los recuerdos del futuro”

Y gracias a ello la experiencia vivida de felicidad, aunque diluida, se mantiene al recordar. Sólo cabe poner lo mejor de nosotros mismos como fabricantes, añado yo.

Especial emotividad me ha causado el tema de “La Pequeña Lulú” y desde aquí puedo no solo dar veracidad al asunto, sino que me proclamo como uno de aquellos infantes que han erosionado las páginas de aquellos tomos de tebeos (comics, les llamo yo)

Ya hace años determiné con un profesor amigo, que el bagaje cultural adquirido gracias a Don Antonio Gualda, es una flecha hacia el ser racional, ilustrado y el libre pensamiento. Y en su forma gratuita, desinteresada, simplemente abre las puertas a un mundo de posibilidades que cada uno recoge en mayor o menor medida casi inconscientemente, para verse reflejado en el futuro. En definitiva, una actitud donde reflejarse, de cara a contribuir en el desarrollo de los niños, propios y ajenos.

No terminar este aporte sin añadir que la gente Menuda existe por contra. Pero una persona objetiva, con la lucidez de discernir entre las aguas de los matices del ego vertidos en opiniones, puede facilmente poner a cada uno en su lugar. Sólo baste observar como cuando hablan de ellos mismos se ensalzan a la categoría de doctos y a sus palabras a la de píldoras de sabiduría, mientras que hacia los demás solo pueden responder con el menoscabo y el desprecio velados en dialectos. Forma no tan sútil de intentar establecer jerarquías necesarias para sus egos. Así es la gente Menuda, aquellos que lo que les queda más allá de su propio ombligo, los consideran un enemigo a batir. Pobres insensatos mendigos de notoriedad con las que colmar su propia autoestima.

Y por último ¿Dónde están las llaves, matarile? Hay cierto Habano mexicano esperando a ser catado.

Un saludo y mis felicitaciones por el Blog.

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RESPUESTA a JUAN CARLOS JULIÁN, magnífico pintor puntillista.

Gracias, Juan Carlos, por haber tenido la paciencia de leerlo.

No es muy difícil expresar esas vivencias. Quizás, sólo se necesite tener un poco de tiempo y de ánimo, para dejarlas plasmadas. Y es posible que sea necesario un poco de eso que llaman carpe diem, extractado del párrafo de Horacio Carpe diem quam minimum credula postero, para ser consciente de la importancia que tienen los momentos sencillos de la vida.

Aunque no sé si estoy en situación de estar totalmente de acuerdo con el célebre poeta clásico, ya que creo que sí sigo esperando algo del mañana. De manera un tanto ingenua, más que probablemente…

Desgraciadamente, creo que nunca tendré tiempo suficiente como para poder escribir todos esos “tochos” a los que hago referencia en lo del “Gramo de Felicidad”.

Aprovecho, ya, para agradecerte, también, tu primer comentario. Aún tengo varios por responder.

Peatonazo dil Iter Rondis (o El Conciliador Frustrado).

Juan-Carlos Julián Cebrián dice:

Antonio, un relato encantador.
No es facil hacer de las cosas sencillas de la vida, momentos de felicidad. Se nota en todo lo que has escrito.
Gracias por compartirlos.
Un abrazo de tu amigo Juan-Carlos.

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RESPUESTA a Elena, la Galletera de vocación tardía.

Mi querida Elenota:

Me alegro mucho de tu satisfacción por el asunto churrero con los niños.

Tu nueva vocación tardía de Galletera me recuerda a aquella película de Woody Allen, “Granujas de medio pelo”, en la que la esposa del mismo, un ama de casa experta en hacer galletas, se ve inducida a abrir una tienda para venderlas (las galletas); tienda que, en principio, debería servir de tapadera sobre lo que el personaje de Woody pretendía, que era hacer un butrón desde el local de la misma hasta un banco cercano, al objeto de robar(lo).

Para sorpresa de ellos mismos -y de sus compinches- logran hacerse ricos, pero con la venta de las magníficas galletas, cuya fama se extiende por toda Nueva York…

Bueno: si no te haces rica con tus galletas, al menos, que nos sirvan para hacer unas estupendas meriendas en familia.

Besos merenderos.

Peatonazo, el Conciliador Frustrado.

Elena dice:

Pues sí, lo pasaron estupendamente.
El momento “churril” se alargó hasta el día siguiente, cuando el más pequeño
(de los niños) se emperró en desayunarlos. ¡¡¡Menos mal que habiais traído!!!
A las ocho de la mañana, estaban los dos muy puestos, vestidos con sendos
uniformes e hinchándose a churros.
Esto lo tenéis que repetir; pero antes debéis pasar por el bar de las migas.
Elena, la galletera.

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CONCILIAR UN GRAMO DE FELICIDAD.

Pienso que nadie sabe, exactamente, en qué consiste la felicidad. Pero, bueno, a veces, uno tiene la extraña sensación de sentirse feliz. Y digo extraña, por rara y poco frecuente.

Comienzo a escribir este pequeño artículo el día 11 de noviembre de 2010.

Bien; pues durante mi semana pasada, creo que experimenté esa rara sensación, de sentirme feliz, siquiera fuese tan pasajeramente.

En primer lugar, no me dolió nada (en el sentido físico) durante esos siete días. Lo que ya es raro, a estas alturas de mi vida.

En segundo lugar, mi hija tuvo, para conmigo, el gran detalle de traerme a casa mis nietecillos. Todo se debía a que los tiernos infantes pudieron gozar de dos días sin tareas escolares.

Así, pude pasar con ellos dos tardes completas (no seguidas), y sin prisas ni apreturas de ninguna clase.

La primera de esas tardes, la pasamos pintando.

Ellos, en sus escasos ratos libres, ya dibujan y pintan mucho. Cuando lo hacen en mi casa, suelen venir a traerme sus pequeñas producciones para que yo las guarde y engorde las grandes carpetas que conservo conteniendo cientos de dibujos de mis hijos y de ellos mismos (de mis nietos, digo). Pero, por ahora, disfrutan más si dibujan o pintan conmigo. Y digo “por ahora”, porque cuando entren en su inevitable período de adolescencia sé que las cosas cambiarán.

La principal diferencia, cuando pintan en mi compañía, es que, entonces, sí pueden utilizar pinceles más profesionales y otros materiales de más enjundia, como son los acrílicos o los óleos. También, el hecho de que yo puedo vigilarles algo su trabajo, sin que ellos apenas lo noten. Son demasiado pequeños, todavía, como para que sea aconsejable que yo intente inculcarles algunas de las normas básicas de ese noble oficio. Dicho de otro modo: no quiero cargarme, a la primera de cambio, su espontaneidad y su creatividad naturales. De eso,  por desgracia, ya se encargará el medio ambiente y, sobre todo, la televisión y destructores similares. Es cosa sabida que, en general, los adultos perdemos esa espontaneidad que sólo los niños, de cerebros casi vírgenes, pueden ostentar (sin ser ostentosos, en sí, claro está).

Nietecillo pintando.

Ya, hace como dos o tres veranos, estuvieron pintando en mi compañía durante varias sesiones de tarde, a esa hora indescriptible que aquí llamamos “de la siesta”. Aún conservo sus primeras producciones en acrílico y en óleo. Y tengo que aguantarme las ganas de copiarlas…

En esta nueva ocasión, de la semana pasada, volvieron a encontrarse con los acrílicos y a experimentar el placer de deslizar los pinceles por encima de los tableros que yo les había preparado amorosamente. Imprimar tableros, para después pintar sobre los mismos con acrílicos, no es tarea que me subyugue. Pero si esas imprimaciones he de hacerlas para que mis nietos pinten, entonces las hago con un placer sumo.

Eran (y son) espléndidos tableros de medidas próximas a los 50 por 60 centímetros. Y no se los preparé de mayor tamaño porque sé que los niños sólo suelen aguantar actividades de esa guisa como por un tiempo no superior a la hora y media.

Aún así, no terminaron esas pinturas, pues el tiempo (desde aquel verano) ha hecho su mella, y los niños ya elaboran algo más sus trabajos.

Terminada la sesión, en la que todos disfrutamos como enanitos de las nieves, trajimos los consabidos tableros a mi estudio; y aquí permanecen (a unos 2 metros, a mi izquierda, y sobre un caballete profesional de pintura).

Nadie podrá saber, nunca, el enorme sentimiento placentero que experimento cada vez que me giro en mi asiento y me encuentro con la celestial visión de esas pinturas inconclusas. “Sentimiento placentero” no define, ni de lejos, esa inefable sensación que me invade en tales momentos.

La segunda de esas tardes, la pasamos paseando (con propinillas).

Ocupamos un taxi, que nos llevó al puritito centro de la ciudad.

-¡Abuelo: aquí fue a donde vinimos a celebrar, con papá, el triunfo de la Selección en el pasado Mundial de Fútbol!- exclamó el mayor de mis nietos al bajar del taxi.

Yo ya conocía eso, pero me alegré profundamente del hecho de que el niño gozase con ese recuerdo, que, lo más probable, no se repetirá con frecuencia, a lo largo de su vida.

Tras realizar algunas pequeñas compras en algunas de las muchas y pequeñas tiendas especializadas que todavía sobreviven en nuestra ciudad, proseguimos con nuestro -aparentemente- informal y nada programado paseo. Aclarando que, cuando entro en alguno de esos pequeños comercios con alguno de mis nietos, siempre me viene a la memoria el gozoso momento en que mi mamá me llevó a comprar el primer libro de lectura no escolar que ella me regalase. Lo que, en justicia, también me ocurriera cuando los protagonistas fueron alguno de mis hijos, tiempo atrás. Nunca olvidaré aquella tarde (cuando yo contaba unos ocho años de edad) en la que mi mamá me llevó a la famosa (entonces) Librería Almendros, que se ubicase en la calle Mesones. Y nunca olvidaré aquel “mi primer libro no escolar”: “Corazón”, de Edmundo de Amicis. Un libro que me marcó para siempre; un libro de espíritu conciliadorSin que yo pudiese sospechar, entonces, que uno de sus pequeños capítulos sería estirado, en el futuro televisivo, hasta la saciedad. Aquel capítulo que se titulara “De los Apeninos a los Andes”.

Regresando al futuro mucho más reciente, el de esa cercana tarde con mis nietos, fuimos a dar con nuestros huesos en el Café Fútbol. Se trata de un café que es mucho más que eso, pues, en el mismo, se sirven helados de la mejor calidad. Y, además, también es restaurante. Fundado hace casi noventa años, ese establecimiento es famoso, sobre todo, por su chocolate con churros, que los lugareños tomamos a cualquier hora, y no solamente a la de la merienda.

Peatonazo merienda con sus nietecillos.

Era la segunda vez que yo llevaba mis nietos a ese café. En la primera, no conseguí que probasen los churros; era pleno verano y ellos no perdonaron su helado. Pero, ahora…, ahora iban a enterarse de lo que era una buena ración de churros con chocolate. 

Y se enteraron. ¡Vaya, si se enteraron! Y repitieron, con media ración más, por cabeza. De los comentarios que hicieron, mientras degustaban su merienda, podría yo extraer material como para escribir un novelón de unas mil páginas, al menos. Desgraciadamente, mi cámara está estropeada desde hace varios y severos meses. En caso contrario, habría inmortalizado todos sus gestos (de los niños) mientras daban cuenta de los churros y del chocolate. Y habrían quedado grabados sus ocurrentes comentarios. “Oda a los churros con chocolate”, podría yo titular ese presunto novelón de al quince, por entregas.

De nuevo, en la calle, estuvimos merodeando, displicentemente, por los alrededores del antiguo edificio de la Diputación Provincial. (¡No, leñe! Ese edificio no es el mismo en el que, según se cuenta, se produjeron significados y famosos hechos paranormales. Todo el mundo sabe que el inmueble de la Diputación, en el que se produjeron esos hechos, no es éste, sino otro sito en la antedicha calle Mesones, como a unos cincuenta metros más allá de la antigua Librería Almendros).

Ya, en la Carrera de la Virgen (renombrada oficialmente así desde hace varias semanas, y que antes se denominase Carrera del -río- Genil), el menor de mis nietos, ahíto de chocolate con churros, pasó largo rato observando los dibujos del artístico empedrado del bulevar central. También podría, yo, elaborar todo un tratado con los numerosos comentarios que el tierno infante llegó a proferir, preso absoluto de la belleza del trabajado suelo.

Buscando la parada de taxis de Puerta Real, nos dimos de bruces con las casetas de una Feria del Libro de Ocasión, que rezumaba sabor “a antiguo”, con todo lo que eso pueda suponer. Entre tanto libro “de viejo”, podían observarse numerosos ejemplares de tebeos (= cómics, para que los más jóvenes me entiendan) absolutamente descatalogados. Y cuyas editoriales primigenias, en su mayor parte, ya no existen. 

Aquí, he de hacer un incisivo inciso: llevo varios años buscando ediciones originales de “La pequeña Lulú”, de la mexicana Editorial Novaro. Sin suerte, hasta la fecha. Aunque conservo en casa muchos de esos tebeos, adecuadamente encuadernados, mi deseo ha sido, en todo este tiempo de búsqueda, encontrarlos otra vez, y a la venta, en algún establecimiento. Con la finalidad de regalárselos a mis nietecillos. Dado que los que yo conservo están seriamente deteriorados; no en vano, han pasado por muchas infantiles manos, a lo largo de más de cuarenta años. El papel de sus hojas es, ya, como la radiografía de un silbido, mucho más delgado que el consabido papel de fumar.

Sin embargo, los jóvenes tenderos no conocían, siquiera, la existencia de esos tebeos, ni la de aquella antigua editorial mexicana. 

No obstante, y cuando ya casi sobrepasábamos la última de las casetas, mi rabillo del ojo izquierdo me lanzó un certero aviso: “Amigo: mira ahí, que hay algo de Novaro, México”. Sujeté fuertemente a los niños y nos detuvimos en seco. Momentos después, los tres estuvimos escudriñando en las diversas cajas de madera dispuestas en la mencionada caseta. Pero no fuimos nosotros, sino el muchacho que atendía, quien encontrase dos ejemplares de “La pequeña Lulú” . ¿Alguien puede imaginar, siquiera, lejanamente, la inconmensurable satisfacción que me invadió?

De vuelta a casa, y dentro del taxi, pregunté a los niños si se lo habían pasado bien.

-Sí, abuelo. Mucho. Pero ya sabes que, en la próxima, queremos que nos lleves a aquel bar de las migas con pimientos asados.

¡Un gramo de felicidad, como resultado de dos espléndidas tardes pasadas en compañía de mis nietos, para mí solo!

Un gramo, pero un gramo de oro molido…

Peatonazo dil Iter Rondis (o El Conciliador Frustrado).

Copyright, 2010.

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